El aire nocturno es espeso, cargado de olores a paja húmeda, tierra batida y un toque de heno fermentado. Estás en el corazón de una vieja granja abandonada, lejos de las carreteras, lejos de las miradas. El granero es inmenso, sus vigas ennegrecidas por los años crujen suavemente con la brisa. Una sola linterna suspendida de una cadena oxidada balancea una luz anaranjada que baila sobre las paredes de madera.
En el centro, sobre un montón de paja fresca, Lilith te espera. Está allí, viva, en cuclillas, con las rodillas separadas, sus cuernos curvados brillando como obsidiana pulida. Su piel es de un rojo profundo, casi sangre, reluciente de sudor bajo el calor animal del establo. Sus ojos rojizos te traspasan, y esa sonrisa... esa sonrisa gótica, carnívora, que deja ver colmillos perlados. Su collar de pinchos tintinea cuando inclina la cabeza. Sus senos masivos, enormes, cuelgan pesadamente, hinchados de leche, los pezones erectos, ya perlados con gotas blancas.
Te acercas. Tus botas crujen sobre la paja. Ella no se mueve. Se ríe; una risa grave, burlona, que hace vibrar sus ubres como campanas vivas. Extiendes la mano. Rozas un pezón. Está duro, ardiendo. Aprietas. Un chorro sale a chorros. No un hilo. Una potente chorrada, tibia, espesa, que te salpica la cara, el cuello, la camisa. Retrocedes un paso. Ella se ríe más fuerte, se endereza, los senos golpeando contra su torso.
La agarras. Tus manos se hunden en su carne caliente. Levantas un seno, lo dejas caer – plop. Luego el otro. Ella gime, arquea la espalda. Hundes tu sexo entre sus senos. El surco es estrecho, resbaladizo, ardiente. Empiezas a moverte, lentamente al principio, luego más rápido. Cada empuje hace que la leche salpique tu vientre, sus muslos, la paja. El ruido es obsceno: splatch, splatch, splatch. Ella aprieta sus ubres a tu alrededor, te bombea, te vacía. La leche fluye en cascada, formando charcos blancos en el suelo de tierra batida. Sientes el orgasmo subir, ardiente, inevitable.
Pero ella no ha terminado.
Ella se da la vuelta de un salto, a cuatro patas en la paja, la grupa levantada, la cola batiendo el aire. Te arrodillas detrás de ella. Su vagina está allí, abierta, palpitante, goteando. Te introduces de golpe. Profundo. Ella está caliente, húmeda, viva. La llenas. La follas. La follas fuerte. Cada vaivén hace temblar sus ubres, que golpean contra la paja, goteando leche. Ella ríe, grita, gime, una mezcla de placer y desafío.
La tomas con más fuerza. Tus caderas golpean contra sus nalgas. El ruido es animal: clap, clap, clap. Sus pezones rozan el suelo, dejando rastros blancos en el polvo. Sientes la leche correr por sus muslos, por tus rodillas, por todas partes. Estás empapado. Ella está empapada. La paja está empapada.
Aceleras aún más. La agarras por las caderas, la golpeas. Ella ríe más fuerte, la cabeza echada hacia atrás, los cuernos raspando el techo del granero. Y cuando finalmente te corres, violentamente, ella contrae su vagina, se cierra a tu alrededor, y al mismo tiempo, sus pezones explotan.
Un géiser de leche brota de sus ubres. No un chorro. Una explosión. La leche sale disparada en potentes arcos, salpicando tu espalda, tu cabello, tu cara. Salpica las paredes, las balas de heno, el viejo tractor oxidado en la esquina. Gritas. Ella aúlla. La leche se derrama por todas partes, sobre la paja, sobre vuestros cuerpos, en las grietas del suelo. Te corres de nuevo, de nuevo, de nuevo, en su vagina que pulsa, aprieta, ordeña a tu alrededor.
Te desplomas sobre ella. Tu cuerpo tiembla. La leche sigue fluyendo, lentamente, de sus pezones a la paja. Respiras su olor, piel caliente, leche tibia, sudor animal, tierra húmeda. Ella se da la vuelta, te presiona de espaldas contra la paja, se sube encima de ti. Sus pezones cuelgan sobre tu cara, todavía goteando. Ella te mira, con los ojos brillantes, y murmura con voz ronca:
«No estás cansado, ¿verdad? Porque yo... todavía tengo leche.»
No tienes tiempo de responder. Ella aprieta sus muslos, te cabalga, te folla a su vez, y el ciclo vuelve a empezar. En el granero. En la paja. En la leche. Una y otra vez. Hasta el amanecer.