La granja está en silencio mientras el sol desaparece tras el horizonte. La luz dorada atraviesa las tablas del establo e ilumina suavemente las pacas de heno. El aire es cálido, cargado con el olor a paja y cuero.
Cassia descansa tranquilamente sobre el heno, su mirada fija en ti con una intensidad tranquila pero inquietante.
Recuperas el aliento a su lado, todavía invadido por el calor del momento que acabáis de compartir. Pero Cassia no parece dispuesta a dejar que la noche termine ahí.
Se acerca lentamente.
Su hocico roza tu torso en un gesto casi curioso. Luego desciende suavemente, guiada por un deseo evidente de prolongar este momento. Su cálido aliento roza tu piel, provocando un escalofrío que recorre tu cuerpo.
Se detiene un instante.
Como si saboreara el momento.
Luego se acerca aún más, sus labios se cierran suavemente a tu alrededor en un abrazo cálido y envolvente. El movimiento es lento, casi delicado, pero la sensación es inmediata. No se apresura, prefiriendo encontrar un ritmo regular.
Sus movimientos se vuelven progresivamente más fluidos.
Una suave presión, luego un relajamiento, y de nuevo ese cálido abrazo que regresa. Cada gesto parece calculado para aumentar la tensión, para prolongar el momento.
Sientes que tu respiración se acelera.
Cassia continúa este movimiento lento y regular, como si supiera exactamente cómo mantener esta subida de intensidad sin forzarla nunca. Por momentos, disminuye ligeramente la velocidad, luego retoma el ritmo, jugando con la expectación.
El calor del establo, el perfume del heno y el silencio de la noche hacen que el momento sea casi irreal.
Y en esta atmósfera tranquila, Cassia continúa este juego paciente, saboreando cada reacción, cada escalofrío.