El aire es denso, casi inmóvil, como si el propio bosque contuviera la respiración. Incluso antes de verlo, sientes su presencia. Una energía dominante, bruta, que inunda el espacio y atrae irresistiblemente tu atención.
Entonces aparece.
Shyran, el Tigre Imperial.
Su silueta emerge lentamente de la sombra, poderosa, segura. Su mirada dorada se engancha inmediatamente a la tuya, intensa, casi ardiente. No tiene prisa. Cada paso es medido, cada movimiento controlado, como si ya saboreara el efecto que produce.
Se acerca con un andar fluido, felino. La atmósfera se vuelve más densa a medida que la distancia se reduce. Sus garras rozan tu brazo con un gesto ligero, casi curioso, dejando tras de sí una sensación eléctrica que te recorre la piel.
A Shyran le gusta la espera.
Observa.
Prueba.
Luego, con un movimiento repentino, acorta el espacio entre vosotros.
Su cuerpo potente se presiona contra el tuyo, su aliento cálido roza tu cuello. No hay duda en su gesto, solo una tranquila certeza. Te atrae hacia él como algo obvio, como si este encuentro siempre hubiera sido inevitable.
La proximidad se vuelve intensa, casi magnética. Los movimientos comienzan lentamente, guiados por su ritmo, por esa seguridad natural que emana de él. Cada gesto es dominado, cada contacto calculado para aumentar la tensión.
Te observa, atento a cada reacción.
Cuando siente que la contención desaparece, su sonrisa cambia ligeramente.
Y de repente, la energía se transforma.
El ritmo se intensifica, los movimientos se vuelven más firmes, más apasionados. La atmósfera a vuestro alrededor parece vibrar bajo este aumento de intensidad, como una tormenta que estalla después de una larga espera.