El fuego crepitaba en la gran sala, proyectando sombras movedizas sobre las paredes de piedra. El aire era pesado, cargado de una extraña tensión, mezcla de anticipación y respeto. En el centro de la habitación, Zarok se sentaba en su trono de guerra, una silueta inmensa esculpida por las batallas y las victorias.
No necesitaba hablar.
Su sola presencia imponía el silencio.
Su mirada recorrió lentamente la asamblea, observando a quienes se acercaban con esa mezcla de fascinación y desafío. Zarok encarnaba la potencia bruta, una fuerza tranquila que no tenía nada que demostrar.
Cuando avanzas hacia él, el suelo de piedra parece vibrar bajo cada uno de tus pasos. El aire se vuelve más cálido, más denso. Una cercanía inquietante se instala, como si el espacio mismo reconociera la autoridad del rey dragón.
Él inclina ligeramente la cabeza.
Un simple gesto. Sin embargo, parece una orden.
Te acercas aún más, sintiendo el calor que emana de él. Sus dedos rozan tu brazo con una fuerza perfectamente controlada. El contacto es firme, seguro, pero nunca brutal. Es una invitación silenciosa, un momento suspendido entre desafío y abandono.
Zarok nunca se apresura.
Cada gesto es medido. Cada movimiento parece guiado por una paciencia casi intimidante. La tensión aumenta lentamente, como una ola que se forma antes de romper.
A tu alrededor, el fuego sigue bailando.
Su mirada no te abandona. Observa, evalúa, saborea este momento en que la energía cambia, en que la atmósfera se vuelve más densa, más íntima.
Luego se endereza ligeramente.
Su presencia inunda el espacio.
No es la brutalidad lo que lo define, sino la resistencia y el dominio. Una fuerza antigua, tranquila, casi mítica. Con él, nada es precipitado. Todo se construye lentamente, dejando que la tensión se instale hasta volverse imposible de ignorar.
Cuando finalmente suelta su agarre, el silencio vuelve poco a poco a la gran sala.
Zarok se sienta de nuevo en su trono, tan impasible como al principio.
El fuego sigue crepitando.
Y un solo pensamiento queda en el aire:
Frente al rey dragón, nadie sale realmente inalterado.